Educar
para la confianza
Salvador
Cardús i Ros. La Vanguardia 11-6-2008
Una
de las muchas expresiones del desconcierto educativo actual puede constatarse
en la profunda desconfianza mutua que separa el mundo escolar de la sociedad en
la que está inmerso. La escuela piensa mal de la sociedad, y esta juzga mal a
la escuela. No sabría decir cuándo empezó tal distanciamiento, ni si es la
primera vez que ocurre. Lo cierto es que costó muchísimo que la sociedad
considerara la educación como algo tan fundamental como para aceptar su
obligatoriedad, y luego para seguir extendiendo esta condición a niveles
superiores e inferiores de edad y por igual a ambos géneros. Durante la primera
mitad del siglo pasado, sólo algunas minorías creían en la educación, mientras
la mayor parte de la población la consideraba como algo accesorio, que no hacía
ningún mal, pero que quedaba relegada a cualquier otra urgencia familiar y
social. Pero incluso no estando la educación entre las prioridades de las
familias, tampoco no era objeto de graves desconfianzas.
Y
viceversa: la escuela podía sentirse incomprendida e incluso abandonada por las
familias y la sociedad en general, pero por lo que conozco –soy consciente de
mis limitaciones en este campo– no había perdido la esperanza en la capacidad
de regeneración del mundo al que quería educar.
Algo
se rompió no sé exactamente cuándo, pero no hace tanto. Nunca como ahora se
había tenido tan claro que la educación es el motor de la sociedad, pero nunca
antes se habían fiado tan poco la una de la otra. Por una parte, el mundo
escolar tiene en muy mala consideración la sociedad en la que debe educar. La
sociedad, piensa, favorece el individualismo egoísta, es altamente competitiva,
es consumista, violenta, favorece la desigualdad, es sexista... Pero nuestra
sociedad no es solo esto. Y, en particular, todo ello no es consecuencia ni de
una gran conspiración, ni lo es todo, todo el rato. Desde el otro punto de
vista, desde fuera del mundo escolar, se cree que el sistema educativo no
consigue hacer frente al fracaso escolar, que la escuela vive de espaldas a la
excelencia,
que es responsable del escaso espíritu emprendedor de nuestros alumnos, y otras
lindezas del mismo estilo.
Tampoco
es una visión justa del sistema educativo. Todo ello es la simplificación de
una realidad mucho más compleja. Vivimos unos tiempos contradictorios, donde el
individualismo convive con la solidaridad, ciertas formas de agresividad se
conjugan con una gran sensibilidad a la
menor
muestra de violencia o en la que la desigualdad se combate, por lo menos,
con
la misma fuerza con la que reaparece.
Del
mismo modo, el sistema educativo trabaja de manera ingente en contra de
grandes adversidades que no son de su
responsabilidad, la escuela no sólo consigue resultados aceptables sino que
sigue resolviendo desafíos como el de la cohesión social y, a pesar de todo,
sigue dando
al
país buenos profesionales, algunos muy buenos, entre los que están bastantes de
los que aseguran que la escuela fracasa...
El
problema de la desconfianza no se limita al mundo educativo, que va del jardín
de infancia hasta la universidad. Afecta también a la vida política, a
instituciones fundamentales como la policía o la justicia, a la credibilidad de
los medios de comunicación y al mundo económico. Las susceptibilidades son tan desmesuradas, que
todos hemos aprendido a pensar en una perspectiva conspirativa, como si todas
las desgracias fueran resultado de alguna voluntad malvada. Necesitamos a un
culpable para justificar nuestra profundísima desconfianza en casi todo.
Pero
si este estado de espíritu es desastroso para el futuro del país, para la
educación es letal. La relación entre educación y sociedad debe mantener una
difícil tensión, imposible de sostenerla si no existen grandes dosis de
confianza mutua. Efectivamente, la escuela educa para la sociedad,pero también
para cambiarla. La educación está al servicio de la sociedad, pero este
servicio no va a ser bueno si la institución educativa no sabe o no puede
mantener un alto grado de independencia crítica.
No
hay buena crítica sin compromiso, ni buena acomodación al mundo que no busque
el progreso social. Y esa tensión desaparece cuando falla la confianza mutua.
No se puede educar contra la sociedad, ni la sociedad puede llegar a educarse
si se pasa el tiempo acosando a sus instituciones
educativas.
Las
consecuencias están a la vista. Los universitarios, atrapados en la demagogia
que se cuece en la desconfianza, no se fían del proceso de Bolonia. Los
sindicatos de profesores o las escuelas concertadas no se fían de las buenas
intenciones reformadoras de la nueva ley de Educació. Muchas familias han
convertido la sospecha en la actitud básica de relación con una escuela con la
que no colaboran si no es para fiscalizarla y, si cabe, llevarla a los
tribunales o al menos amenazarla con denunciarla. La administración exige que
la escuela demuestre el exacto cumplimiento de normas caprichosas.
Casi
nadie se fía de nadie. La falta de confianza rompe la tensión dialéctica que
debería existir entre agentes educativos y sociales, y la sociedad exige la
sumisión de la educación a los caprichos del mercado, y no necesariamente del
laboral. Habría que romper urgentemente este círculo en el que, ya no sólo
desconfiamos de todo, no sólo educamos desde la desconfianza, sino que da la
impresión de que estamos educando para la desconfianza, hasta con riesgo de
dañar la confianza básica en la racionalidad como camino contra el relativismo
y hacia la verdad. Sólo un gran gesto de ingenuidad confiada, por arriesgado
que fuera, podrá conseguirlo.
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